Luchando solo con la vergüenza de confesar mi pecado sexual

¿Para qué la iglesia?
Muchas veces me pregunté para qué necesitamos una iglesia, por qué debemos congregarnos y, más aún, por qué somos hermanos. Esa pregunta me acompañó por años, y solo ahora entiendo la respuesta.
Como muchos saben, mi proceso de limpieza de la pornografía comenzó hace unos dos años. Por la gracia y misericordia de Dios ha sido un éxito. Pero aunque salí de la adicción, la lucha sigue. El pecado que todavía mora en nosotros no desaparece de un día para otro (Romanos 7:21-25), y mientras estemos en este cuerpo tendremos que seguir haciéndolo morir.
Día a día lucho con mi pecado en el área sexual, y también con la mentira y el orgullo, pero la lucha más fuerte es la sexual. No es fácil en una sociedad hipersexualizada, donde un escote pronunciado es lo normal, aunque la única persona que debería ver ese cuerpo es el esposo que esa mujer escogió; donde la publicidad muestra cuerpos semidesnudos y las revistas, mujeres en lencería, cuando eso debería estar reservado a la intimidad del matrimonio. No es fácil lidiar con esto hoy, y menos aún lidiar con ello solo.
La respuesta
Recién a mis 38 años, después de caminar 21 con el Señor, logré responder mi pregunta. Hoy entiendo por qué el Señor dejó a su iglesia, por qué nos llamamos hermanos y por qué debemos tener comunión unos con otros. Hoy entiendo Romanos 12:15: «Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran». Hoy tiene sentido Hebreos 13:3: «Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos». Y hoy entiendo a cabalidad Santiago 5:16: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados».
Necesitamos al cuerpo de Cristo para luchar contra el pecado y vencerlo. Lo necesitamos para que nos consuele cuando caemos. Lo necesitamos para recordarnos unos a otros que no debemos dejar de luchar, que aunque hayamos caído en la batalla debemos seguir honrando a Cristo y ayudando a otros a abandonar su pecado, cualquiera que sea.
Creo que la iglesia en general no ha entendido esta gran verdad, y creo que es porque ha dejado de luchar contra el pecado. Estamos con los brazos abajo, cabizbajos, disfrutando de los deleites de esta vida —los hijos, la familia, la estabilidad emocional y económica— y olvidando la batalla.
Te pregunto a ti
¿Luchas con algún pecado, o con varios? ¿Luchas con la pornografía? ¿Con la infidelidad, no solo la consumada, sino también la del corazón, que también es abominable ante la santidad de Dios? ¿Qué has hecho para abandonar tu pecado? ¿Lo has intentado solo? ¿Has recurrido a tus hermanos en la fe, a sus oraciones, a su consuelo, a su amor y a su misericordia?
Yo intenté neciamente luchar solo, y no se puede. Lo intenté de todas las maneras posibles. Pero el diseño de Dios es perfecto: Él dejó a su iglesia, y en ella hijos que están en tu misma condición y que luchan con los mismos pecados que tú. ¿No es maravilloso contar con un compañero de lucha que te entienda perfectamente? ¿Que cuando le dices que bloqueaste tu computador entienda por qué, sin necesidad de muchas explicaciones?
El diseño de Dios
Dios es tan sabio que nos dejó en su Palabra principios sobre cómo proceder ante el pecado, incluso con quienes no quieren abandonarlo (Mateo 18:15-17; Gálatas 6:1). Dejó a su iglesia para que cuidara de tu corazón, y para que tú cuidaras del corazón de otro. Para que tuvieras a quién confesar tu pecado y quién orara por ti, y para que tú escucharas la confesión de otro y oraras por él. El Señor no dejó cabos sueltos; incluso preparó de antemano las buenas obras para que anduviéramos en ellas (Efesios 2:10).
No es fácil confesar la adicción a la pornografía. Lo sé: a mí también me avergonzaba. Pero por su gracia pude hacerlo. Las consecuencias no siempre son buenas: quizás te miren raro, quizás dejen de hablarte, quizás te aparten de tu ministerio, quizás te pongan etiquetas injustas. Pero cargar con todo eso vale la pena por amor a Jesucristo; vale la pena para honrar y glorificar a Aquel que te escogió antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4); vale la pena por tu sanidad y para que Cristo sea exaltado.
Sin confesión no hay libertad
Es absolutamente necesario confesar tu pecado para gozar de libertad. «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Proverbios 28:13). Mientras lo mantengas en secreto nunca podrás abandonarlo; habrás perdido la lucha antes de comenzarla.
Si necesitas ayuda, en mí tienes un hermano en quien confiar, alguien que te entiende y puede guiarte para confesar tu pecado al pastor de tu iglesia. Escríbenos con total confidencialidad.