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Libres por su gracia

Consejería, En la lucha, Iglesia

La tristeza que viene de Dios

21 de mayo de 2020

«Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación!» (2 Corintios 7:9-11)

Dos tristezas

En estos últimos años he leído sobre varios pastores que se quitaron la vida, que bajaron los brazos y se entregaron. Es muy triste para sus iglesias e inexplicable para sus familias. No intentaré explicar sus motivos; solo ellos los conocían. Lo único que haré, a la luz de la Palabra y de mi experiencia, es hablar de mis aflicciones y de cómo el Señor me restauró por medio de ellas.

El apóstol Pablo nos enseña que hay dos tristezas. La tristeza que viene de Dios produce arrepentimiento y vida; nos aleja del pecado y nos lleva a Cristo. La tristeza del mundo, en cambio, produce muerte: apaga el alma y nos empuja a decisiones terribles, como abandonar la iglesia, divorciarnos, abandonar a la familia o incluso quitarnos la vida.

Mi tristeza

No sé si alguna vez has experimentado esa profunda tristeza que viene de Dios. Yo sí, y quiero contarte de una vez en particular, hace un poco más de dos años, cuando viví una de las tristezas más grandes de mi vida.

Fui adicto a la pornografía durante 26 años, hasta que el Señor dijo: «Hasta aquí llegaste con tu secreto». Durante años Él había estado fortaleciéndome y madurándome para que pudiera confrontar este pecado que me llevaba al fracaso más rotundo y quizás a la muerte física.

Llegó el día en que confesé. Al principio pareció fácil: lo dije delante de algunos hermanos que no conocía. Pero después me tocó decírselo a quien amo, mi esposa. Fue muy difícil, porque con cada palabra veía cómo le destrozaba el corazón hasta hacerlo trizas. Eso me devastó; me produjo uno de los dolores más grandes que he vivido. Destrozar a la mujer que lo ha dado todo por mí, que ha sido fiel, que ha estado en las buenas y en las malas, me llenó de dolor, tristeza, impotencia y un montón de sentimientos que no puedo explicar.

Después vino la segunda confesión, a mis pastores, y con ella una tristeza aún mayor. Se decidió disciplinarme y apartarme de toda actividad en la iglesia; dejé de predicar. Lo acepté con dolor. Pero lo que más me caló fue sentirme abandonado: a mi esposa y a mí nos dejaron muy solos, y cuando más necesité un pastor, una figura paternal, nadie apareció.

En ese momento fue doloroso e incomprensible. Lo único que me mantuvo firme fueron mis convicciones arraigadas en la Palabra: que el Señor todo lo hace bien y que «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28). Ahí me mantuve, pero estaba triste, dolido y decepcionado.

El propósito de Dios

Esta mañana, estudiando la segunda carta a los Corintios, pude entender el plan de Dios. Él estaba al mando de toda la operación. Usó cada una de esas situaciones para producir en mí la tristeza que te lleva a luchar contra el pecado, la que te lleva a los pies de la cruz.

No fue fácil ni agradable; me decepcioné de las personas. Pero eso me llevó a poner toda mi confianza en el Señor. Hoy entiendo por qué la Escritura dice: «Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo» (Jeremías 17:5). No hay descanso verdadero en los hombres; el descanso nos lo da el Señor: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28).

Hoy entiendo el trato de Dios conmigo, y fue efectivo: llevo más de dos años libre de mi adicción a la pornografía.

¿Qué tristeza estás viviendo?

Quizás hoy estás pasando por esa tristeza, por aflicciones que no entiendes. Te aseguro que el Señor tiene un propósito perfecto. No es casualidad que se hayan ido personas que esperabas a tu lado. El Señor está en control y está produciendo esa tristeza que viene de Él. Aprovéchala: arrodíllate ante el Señor, suelta las riendas de tu vida y entrégaselas. Deja de confiar en tu prudencia, en tus planes y en tu forma de hacer las cosas, y permite que Él haga contigo lo que quiera.

Por el contrario, si lo que vives es la tristeza del mundo, probablemente estés sintiendo desesperanza. Quizás estés haciendo las cosas como crees que es mejor, llevando tú las riendas, dándole la espalda a la Palabra, a la oración y al estudio de las Escrituras; quizás hasta dejaste de congregarte. No es tarde. Tómate unos minutos para orar al Señor y volver a la senda de la obediencia a su Palabra.

¿Has identificado qué tristeza estás viviendo? ¿Estás haciendo tu voluntad o la del Señor? Medítalo con calma delante de Dios.

Pedro y Judas

Vuelvo a los pastores que se quitaron la vida. Es muy fácil perder el rumbo cuando nos alejamos de Dios, y no importa si eres pastor, teólogo o maestro. Tenemos dos ejemplos claros en la Palabra. Pedro negó al Señor y lloró amargamente, pero su tristeza lo llevó de vuelta a Cristo, que lo consoló y lo restauró. Judas también se entristeció, pero su tristeza no lo llevó a Cristo: no pudo con su alma y se ahorcó.

La diferencia no estuvo en el tamaño del pecado, sino en hacia dónde los llevó su tristeza. Que la tuya te lleve a Cristo.

Si en medio de tu tristeza tienes pensamientos de quitarte la vida, no esperes: habla hoy mismo con alguien de confianza, con tu pastor o con un servicio de emergencia de tu país. Y si necesitas ayuda para encontrar el camino de vuelta, escríbenos.