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Libres por su gracia

Adictos Pornografia, Consejería, Iglesia, Pureza Sexual

El costo ignorado de ver pornografía

11 de julio de 2019

Por Cristóbal Jeldrez y Juan Pablo E.

Un anillo casi regalado

¡Compré un anillo de diamantes a la décima parte de su valor! ¡Genial, era casi gratis! La oferta era demasiado buena para dejarla pasar. Me reuní con el vendedor en un callejón sin salida, un lugar lúgubre y solitario. Mi corazón latía a mil y me transpiraban las manos, pero al fin era mío. «Soy un genio», me dije. «Se lo voy a regalar a mi novia; le va a encantar».

A los pocos días, la prensa informó que habían capturado a una banda de asaltantes de casas que actuaba con mucha violencia. Entre ellos estaba mi vendedor. Me asusté un poco: quizás podían reconocerme. Y el anillo perdió algo de su brillo.

La noticia decía que el último asalto, de donde venía mi anillo, había sido especialmente violento: asesinaron a la dueña de casa y se llevaron como rehén a la hija de 15 años. La niña fue llevada grave al hospital, donde murió con señales de violación y abuso. Su padre solo quería recuperar, además de sus vestidos, el anillo que le había regalado para sus 15 años.

El precio que pagué me hizo cómplice. Nunca habría hecho algo tan aberrante si hubiera sabido que el anillo pertenecía a una mujer, a una hija, a una hermana. Fue amargo darme cuenta de lo que había hecho.

La pornografía es ese anillo

¿Te parece trágica esta historia? ¿Te parece terrible?

El producto final, sin conocer los detalles, es hermoso: un gran diamante, barato y a total disposición; el sueño de cualquier hombre para halagar a su prometida. La pornografía es igual. Si la consumes, eres como aquel comprador: adquieres el producto final, una película con mujeres atractivas y complacientes que parecen hacer todo lo que el hombre desea, e incluso por momentos dan la impresión de mirarte a través de la cámara.

Verás una escena perfecta: una cama bonita, cuerpos esculturales, movimientos ensayados; un momento excitante y deslumbrante que llevará tu cerebro al clímax de la estimulación.

Pero, igual que en la historia del diamante: ¿sabes cuánto sufrimiento hay detrás de cada escena? ¿Cuántas mujeres son esclavas sexuales? ¿Cuántas enfermedades, cuántas adicciones, cuántos suicidios hay detrás de esa industria de muerte? ¿Sabes que cada clic en un sitio pornográfico «gratuito» alimenta la demanda que sostiene la explotación sexual y la trata de personas?

No os engañéis

Querido lector, no te engañes: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7).

Al consumir pornografía te haces partícipe de todo lo que ella arrastra. Nada de lo que ves es gratis: alguien lo está pagando, y tarde o temprano también lo pagarás tú.

Si necesitas ayuda, escríbenos: te podemos orientar. También puedes comenzar el curso Libres por su gracia: 30 días hacia la libertad en Cristo. El Señor nos ayude en esta batalla.