La pecaminosa incongruencia

Indignados por el pecado ajeno
He visto en redes sociales una de las mayores incongruencias. Hombres y mujeres luchan con fiereza, comentando lo mal que está la sociedad y cuánto afecta el pecado a nuestros políticos. Pero muy poco he visto —en realidad, nada— una declaración sincera de cuánto afecta el pecado su propia vida, ni de cuánto aportamos nosotros mismos al pecado del mundo.
Hace un tiempo empecé a informarme sobre la trata de personas, la prostitución, la pornografía infantil y la pornografía en general. Lo que encontré no fue nada agradable. Incluso tuve la oportunidad de conocer a una mujer que fue víctima de trata: la obligaban a prostituirse y a drogarse, abusaban de ella en todo sentido. Puedes imaginar las enfermedades y el dolor que ha tenido que atravesar.
En mis años de adicto a la pornografía no me explicaba cómo una mujer podía permitir que la degradaran hasta tal punto, que la humillaran y la agredieran con violencia hasta hacer desaparecer casi por completo su humanidad. Me preguntaba si el dinero que le pagaban compensaba semejante degradación. Después de leer muchos testimonios, ver documentales y conversar con una víctima de ese mundo oscuro, entendí que no era por dinero ni por iniciativa propia: muchas eran esclavas de un sistema diabólico, secuestradas y explotadas como objetos de la aberración sexual.
Algunas cifras
- Se estima que cada año alrededor de 12.000 niños y niñas de Nepal, sobre todo niñas, son víctimas de trata para explotación sexual dentro del país o en prostíbulos de la India y de otros países.
- La trata de personas está entre las actividades criminales más lucrativas del mundo. Se calcula que genera ganancias de miles de millones de dólares al año.
- La explotación sexual es la forma de trata más frecuente, y las mujeres y las niñas son la gran mayoría de las víctimas.
¿Parte del problema?
Ahora te pregunto a ti, que ves pornografía: ¿qué se siente colaborar con cada secuestro, cada violación, cada vejación a niñas, adolescentes y mujeres? ¿Qué se siente ser parte del problema?
Quizás te preguntes: «¿Cómo voy a ser yo parte del problema?». Cada vez que haces clic en un video pornográfico, en cualquier red social o página, alimentas la demanda de una industria que no hace acepción de personas y que no distingue entre lo filmado con consentimiento y lo filmado bajo coacción. Tu clic no es neutral.
¿Te gusta ser copartícipe de las obras de las tinieblas? ¿Eres cristiano y te deleitas en la pornografía? ¿Quieres huir y no puedes con las cadenas que te atan?
La incongruencia de mi propio corazón
Queremos huir, pero nos deleitamos en la pornografía. Lo sé porque fui adicto. Más allá de la adicción, detrás de ella, había una firme intención de no abandonarla y de seguir persiguiendo a mi ídolo. Me prometía alivio inmediato, paz, calma y tranquilidad en tiempos de angustia.
También me daba placer, aunque tenía una hermosa esposa; pero yo no lo valoraba así, y me decía que la pornografía era «mejor». En mis tiempos de soltería tenía la excusa perfecta: «Estoy solo, no quiero pecar contra Dios acostándome con una mujer, así que la masturbación y la pornografía son menos malas». Y después de mi divorcio también me dije: «Lo necesito, estoy acostumbrado».
Eso es lo que hace el pecado en nuestro corazón: nos engaña y nos lleva a justificarnos, a dar rienda suelta a nuestros impulsos sexuales. Esos impulsos no son malos en sí mismos —Dios los creó—, pero fueron diseñados para el deleite pleno dentro del matrimonio. «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17:9).
¿Se puede escapar?
Sé que estás pensando que es imposible salir. Pero no es así. Sí se puede, porque Cristo vino a libertar a los cautivos. Debes ser intencional y no dejar abierta ninguna puerta. Estos son los cuatro pasos que enseñamos en el ministerio:
- Arrepentimiento genuino.
- Confesión.
- Renuncia radical.
- Rendir cuentas a alguien.
Te animo, mi hermano, mi hermana: esta batalla vale la pena pelearla para exaltar el nombre de Cristo.
¿Quieres empezar? Escríbenos o comienza el curso Libres por su gracia: 30 días hacia la libertad en Cristo.