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Libres por su gracia

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La pornografía dentro de la iglesia

14 de abril de 2019

Bancos de madera vacíos en una iglesia

Un mundo que imaginamos lejano

Muchas veces, al hablar de pornografía, miramos a nuestro alrededor e imaginamos un mundo oculto y prohibido, propio de otro tipo de personas. Pero jamás nos ponemos la mano en el corazón para aceptar con sinceridad nuestra realidad.

Peor aún: en muchas iglesias, creo que en la mayoría, ni siquiera se habla del tema. Y cuando se predica Mateo 5:28 —«Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón»— nos enfocamos en todo lo que está fuera del corazón. Decimos que no hay que codiciar, que Jesús puso la vara muy alta, y los casados suelen decir que, gracias a Dios, a ellos no les pasa. Pero nadie se atreve a preguntarle a otro hermano: «¿Cómo andas de corazón? ¿Cómo te va con la pornografía? ¿Luchas con ese pecado?». Y ese pecado está estrechamente ligado a lo que Jesús dijo sobre la codicia. A decir verdad, a mí nunca me lo preguntaron.

Hombres con el cuerpo ya glorificado

A veces pareciera que la iglesia está llena de hombres con el cuerpo ya glorificado, que ya no sufren con el pecado, para quienes la pornografía no es tema, como si ya hubieran alcanzado la santidad que Jesús promete para cuando venga su reino. Hemos sido bastante cínicos al ocultar un problema tan grande, al no reconocer lo necesitados que estamos de conversar nuestras luchas y al criticar a otros teniendo una viga en nuestro propio ojo (Mateo 7:3).

Hace años, las cifras de un estudio en Estados Unidos citado por Josh McDowell me impactaron: según él, alrededor de la mitad de los pastores evangélicos veían pornografía, una proporción todavía mayor entre los pastores de jóvenes, y cerca de dos de cada tres hombres que asistían a la iglesia. Y la primera exposición ocurría, en promedio, a una edad muy temprana, incluso en hogares cristianos. Las cifras exactas cambian de un estudio a otro, pero todos apuntan a lo mismo: el problema está adentro.

Entonces te pregunto: ¿por qué crees que se habla tan poco de pornografía en la iglesia? Tenemos un problema muy grande. Muchos líderes tienen luchas profundas y no las confiesan; llevan solos esa pesada carga de vergüenza, dolor y frustración. Y no solo los líderes: la mayoría de los hombres de la iglesia también sufren en silencio y arrastran la adicción por años. Ese fue mi caso: la cargué durante 26 largos años.

«Algún día la dejaré»

Pensé que podría solo. Pensé que algún día se iría sola.

  • A los 20 decía: «La dejaré, porque ya me estoy convirtiendo en adulto».
  • A los 25: «Ya estoy casado y tengo dos hijos; la dejaré».
  • A los 30, divorciado, la usé como mi refugio.
  • A los 33: «Ahora que me volví a casar y estoy rehaciendo mi vida con otro hijo, la dejaré».
  • A los 35: «Ahora que estudio en el seminario teológico, la dejaré».

Pero nada pasó. A los 36, después de intentarlo durante años con mis propias fuerzas, lo confesé a todos: a mis pastores, a mi esposa, a mi mamá, a mis hermanos, a mi jefe, a mis compañeros de trabajo. A todo el que pude le confesé mi pecado. No fue fácil; fue vergonzoso y muy doloroso para mi matrimonio. Pero fue el camino efectivo, el que el Señor diseñó para sus hijos.

Dios nos puso en un cuerpo

El Señor nos puso en un cuerpo para luchar con la ayuda de nuestros hermanos. Dejó a su iglesia para que batalláramos acompañados. Quizás en tu iglesia no tengan herramientas para ayudarte, pero nosotros sí podemos acompañarte. Pide ayuda: hay salida de la adicción. Pídele al Señor valentía para confesar. No es sencillo, es muy vergonzoso, pero la única manera de salir es confesando nuestro pecado (Proverbios 28:13).

A pastores y hermanos

Pastores y hermanos: los pecados sexuales no nos ponen en una categoría aparte, fuera del alcance de la gracia. Todo pecado, también mentir, emborracharse o robar aunque sea una hoja de papel del trabajo, merece la ira y la maldición de Dios (Catecismo Menor de Westminster, pregunta 84). Incluso querer ser santo sin la ayuda de Dios, no orar y hacerlo todo a tu manera es pecado delante de Él. Al pie de la cruz no hay categorías: todos llegamos como pecadores necesitados de la misma sangre.

Una pandemia

Amada iglesia, la pornografía es una pandemia mundial. En Estados Unidos, el estado de Utah llegó a declararla una crisis de salud pública. Detrás de la pornografía hay trata de personas, un mundo oscuro de tráfico humano y de drogas, enfermedades, prostitución, suicidios, depresión, abusos y violaciones. No todo es la mentira que se ve en la pantalla.

¿Y dónde está la iglesia predicando? ¿En qué púlpito se está denunciando? ¿Quién está alcanzando a los adictos a la pornografía? ¿Quién les predica a los actores, a las actrices y a los directores? ¿Acaso Cristo no murió también por pecadores como ellos?

Tenemos el problema en nuestras narices. Tenemos el muerto dentro de la iglesia y todavía no sentimos el olor. Es un olor a muerte que hiede. ¿Tenemos mal el olfato, o nos acostumbramos a vivir con el pecado? Creo que la falta de santidad en todos los ámbitos nos ha hecho una iglesia decadente, improductiva, que no se duele por el pecado ni llora por su maldad.

Despertemos

Debemos despertar. Hoy tenemos un problema en el corazón mismo de la iglesia. El día que yo confesé éramos un grupo de diez hermanos. Cuando pregunté quién tenía problemas con la pornografía, los diez levantaron la mano. Así estamos. Saca tus conclusiones.

Que el Señor nos ayude a ser valientes y a confesar nuestras iniquidades.

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