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Libres por su gracia

Testimonio, Vida personal

Y a ti, ¿qué te ha robado la pornografía?

8 de julio de 2019

Una pregunta después de una clase

La semana pasada estaba preparando material para dar una pequeña clase sobre el culto familiar. Leí muchas posturas e infinidad de recomendaciones sobre cómo hacerlo y cuánto tiempo dedicarle según la edad de los hijos. Fue interesante estudiar un documento de la Iglesia Presbiteriana que incluso amonestaba y disciplinaba a los padres que no lo hicieran. Fue un buen tiempo para entender, a la luz de la Palabra, lo importante de apartar ese tiempo en familia.

Llegó el día de la clase y todo fluyó. Pude enseñar lo que había aprendido y aprender de las experiencias de los presentes. Pero salí con pesadez en el corazón y me pregunté: ¿cuántas cosas, aparte del culto familiar, me robó la pornografía?

Quizás tú todavía no te has hecho esa pregunta, o te la hiciste pero aún no la respondes. Déjame ayudarte: quizás hayas perdido cosas muy parecidas a las que perdí yo.

Lo que perdí

Si has leído mi testimonio, sabes que empecé a consumir pornografía muy pequeño, alrededor de los 11 años, y desde ese momento empecé a perder.

Perdí mi inocencia. Perdí algo de mi niñez que nunca volvió, y la tranquilidad del corazón y de la mente. Desde esa edad mi forma de mirar a las mujeres cambió por completo. Mi corazón se ensució de tal manera que no perdía oportunidad de hacer lo incorrecto, desde una mirada hasta un roce.

Perdí mi adolescencia. Desde los 14 años me convertí en alguien muy callado, introvertido y poco sociable; prefería la pantalla hasta altas horas de la madrugada antes que el mundo real. La adicción se agudizó, y vinieron la rebeldía y el alcohol: una muy mala mezcla.

Llegó el día en que el Señor me llamó; me trajo a su reino casi de una oreja. Las cosas empezaron a cambiar y dejé atrás muchas cosas del viejo hombre, pero la pornografía siguió siendo mi fiel compañera. Pensaba que no era tan mala, que hasta me ayudaba a «guardarme» para el matrimonio y que no le hacía mal a nadie. En realidad, seguía cavando mi propia tumba.

Perdí mi primer matrimonio. Durante el noviazgo con quien sería mi esposa, la pornografía cosechó años de siembra: empezamos a tener relaciones prematrimoniales, y desde ese momento todo fue un desastre. A los siete años ese matrimonio fracasó. Mi adicción me había moldeado y me dictaba cómo comportarme. Traté a la mujer que tenía a mi lado como un objeto, «como el florero de la casa», como ella dijo una vez. Por la pornografía perdí una esposa y dos hijos. Fue terrible y doloroso, y aun así mi adicción se fortaleció: encontré en la pornografía el consuelo que debí buscar en el Señor.

Perdí mi vida. Mi vida social se redujo al trabajo y a ir a la iglesia los domingos. Mi moral, mi autoestima y mi identidad en Cristo desaparecieron. Seguí siendo un fiel consumidor de pornografía, todos los días, sin faltar a la cita frente al computador. Intentaba escapar, pero no podía: corría lejos, y a los pocos metros volvía a caer en sus tentáculos.

Casi lo vuelvo a perder todo

Siete años después del divorcio conocí a alguien y me casé nuevamente. El Señor me permitió volver a experimentar el amor e incluso me bendijo con una hija. Pero estaba volviendo a perder lo que el Señor me había dado. Guardaba bien mi secreto y seguía visitando a escondidas a mi amante virtual. Aunque era cristiano, redimido y nacido de nuevo, no podía dejar una adicción de 26 años.

Veía cómo se desmoronaba mi casa y cómo iba perdiendo otra vez a mi esposa y a mi hija, y lo peor es que no me daba cuenta. Pensaba que todo estaba bien. Destrocé a mi esposa y la traté como un objeto, «como la mesa de centro de la casa»; ella llegó a pensar que la odiaba.

Todos a mi alrededor me veían bien: estudiaba teología en el seminario, era candidato a pastor, predicaba desde el púlpito. Pero nada estaba bien. Estaba sumido en la más profunda adicción, ya incontrolable: ya no eran citas nocturnas, sino horas enteras. Llegué a estar doce horas seguidas frente a un computador sin poder salir.

He perdido años de vida, hijos, amistades, dinero, relaciones, contacto con mis seres queridos; perdí mi honra, la comunión con Dios y la oportunidad de enseñar a mis hijos el camino del Señor. La pornografía me dejó vacío, desmoralizado y en saldo negativo. Solo el Señor me guardó de caer más bajo.

El día glorioso

Pero llegó el día glorioso del Señor. Él fue preparando mi corazón de una forma extraña: cada vez que subía al púlpito, bajaba avergonzado, llorando, cuestionando todo mi cristianismo. Me tocó predicarme a mí mismo y enfrentarme a las Escrituras, y no salí igual. Nadie sale igual cuando es confrontado por el evangelio.

Un día confesé. Abrí mi boca y me expuse. Después de 26 años pude reconocer mi pecado. Hablé con mi esposa, con mi pastor y con todo mi entorno. Me quité la careta. No fue fácil, pero fue lo mejor. Fue doloroso para mí y para mi esposa; el matrimonio estuvo pendiendo de un hilo, y lo único que nos sostuvo fue la gracia y la profunda misericordia del Señor. Después de todo este proceso, mi esposa dice que estaría dispuesta a pasar por el mismo dolor con tal de que Cristo sea glorificado.

Se puede

No es fácil dejar una adicción; no es fácil decirle adiós a la pornografía de una vez para siempre. Pero se puede. El Señor puede fortalecerte para huir, pero debes ser honesto con tu entorno —tu esposa, tus pastores, tu familia— y reconocer que necesitas ayuda. Yo busqué ayuda y me la dieron.

Y a ti, ¿qué te ha robado la pornografía? Haz la lista. No para hundirte en la culpa, sino para ver con claridad lo que el pecado promete y lo que realmente se lleva, y para correr a Cristo, que «restituirá los años que comió la oruga» (Joel 2:25).

Tú también puedes salir. Escríbenos con total confidencialidad o comienza el curso Libres por su gracia: 30 días hacia la libertad en Cristo. Que el Señor prospere tu lucha.