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Libres por su gracia

En la lucha, Vida personal

Corriendo la carrera de relevos solo

14 de agosto de 2019

Nadie corre un relevo solo

Hace algún tiempo estaba en casa viendo por televisión las carreras de relevos de unos Juegos Olímpicos; si no me equivoco, los de Río de Janeiro. Me impresionó la coordinación que tienen para que todo fluya en medio de una carrera agitadísima por llegar primero. Aunque parezca sencillo, pasar el testigo no es fácil: hay que estar coordinados en velocidad y distancia, y todo eso mientras corres.

Yo soy muy competitivo, aunque no precisamente en los deportes. Me pregunté qué pasaría si intentara correr esa carrera solo. Pensé: «Son 4 x 100, apenas 400 metros». Pero me di cuenta rápidamente de que sería imposible. Primero, porque no se puede correr solo: hace falta un equipo. Segundo, porque no tengo el físico para correr 400 metros a toda velocidad. Y tercero, porque jamás de los jamases el comité olímpico me dejaría inscribirme solo.

Veinte años corriendo solo

Siendo sincero, he sido tan testarudo que he corrido esta carrera neciamente solo durante 20 años. Intenté correrla con todos los talentos y dones que Dios me dio, pensando que me los había dado para correr independiente de Él, para no molestarlo. Viví engañándome a mí mismo, pecando contra Dios y haciendo daño a todo mi entorno, a lo más preciado: mi familia.

En algún rincón de mi cerebro se alojaba la loca idea de que Dios me había dado fuerza, inteligencia, sagacidad, salud, razón y sentidos para correr la carrera llamada vida sin ayuda de nadie, sin depender de nadie, ni siquiera de Él. Pero estaba equivocado. Dios puso todo eso en mí para que, con la inteligencia que Él me dio, me diera cuenta de que necesitaba un equipo. Igual que en el relevo, no lo puedo hacer solo.

El domingo pasado, mientras pensaba en cómo había tratado de vivir piadosamente, me di cuenta de que, por más que intenté ser un buen cristiano, no lo fui; incluso me comporté como el más vil pecador. El Señor nos va revelando poco a poco nuestro verdadero estado espiritual: cuando uno cree haber alcanzado la madurez, viene Él y nos muestra cuán inmaduros seguimos siendo.

Todo debajo de la alfombra

Durante muchos años, por las circunstancias de la vida, arrastré una serie de dolores que pensé que pasarían con el tiempo. Los guardé debajo de la alfombra. Pero imagínate acumular 30 años de cosas debajo de la alfombra: de ahí podría salir cualquier monstruo. Mi alfombra parecía una montaña alfombrada. Lo más impresionante es que la miraba todos los días e incluso me jactaba de ella: «Aprendan de mí; he resuelto mis problemas a mi manera, he salido de la depresión sin ayuda en todos los momentos dolorosos de mi vida». Pero nunca salí. Solo drené el dolor a través de mi adicción: la pornografía.

Durante años la pornografía puso un filtro en mis ojos. Lo miraba todo a través de ese filtro: lo veía todo distorsionado, lo entendía todo de manera confusa, y cada acción la hacía desde los parámetros de la pornografía.

En algún momento pensé que todo estaba bien, que mi matrimonio era perfecto y que no tenía que hacer nada por mejorarlo. Viví engañado por mi ídolo. Él me decía mentiras que yo creía profundamente. Pensaba que mi vida estaba bien, pero se estaba desmoronando a pedacitos. Pensaba que era normal cargar con pensamientos suicidas, que era normal luchar a diario con las ganas de no seguir la carrera, de cerrar los ojos y no despertar. Eso hizo mi ídolo: me quitó hasta las ganas de seguir corriendo la carrera llamada vida.

Pedir ayuda

Hace unos días busqué ayuda. Usé la inteligencia que Dios me dio y fui al médico, a una psiquiatra. Tuvimos una larga conversación, con un par de lágrimas de mi parte y muchas preguntas. ¿El diagnóstico? Que esta carrera no debo correrla sola. Su primer consejo: «Un cristiano debe descansar en Cristo por sobre todas las cosas». El segundo: un tratamiento por seis meses y control una vez al mes. Lo he seguido al pie de la letra, y en estos pocos días ya he visto el cambio.

Pedir ayuda médica no es falta de fe. Dios obra por medios, y un buen médico puede ser uno de ellos. Pero ningún medicamento reemplaza lo que solo Cristo puede hacer en el corazón, ni la iglesia que Él nos dio para correr juntos: «Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:1-2).

Busca ayuda hoy

Mi hermano, si estás leyendo este artículo y tienes problemas con la pornografía, te pido por amor a Dios que busques ayuda, y que lo hagas ya. Tómatelo en serio, con urgencia: vas por un camino de muerte.

«Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte» (Proverbios 14:12).

Si tienes pensamientos de quitarte la vida, no esperes: llama hoy mismo al número de emergencias de tu país o a una línea de prevención del suicidio, y cuéntaselo a alguien de confianza.

No corras solo. Escríbenos con total confidencialidad o comienza el curso Libres por su gracia: 30 días hacia la libertad en Cristo. Te podemos ayudar.