Matrimonio: ¿qué es?

Empecemos por lo que no es
No es fácil definir el matrimonio en pocas palabras. Más difícil aún es describir algo que el Creador del universo nos dio para el deleite mutuo, y todavía más difícil entender para qué lo creó. Algunos dirán que es para tener hijos, pero el tiempo ha mostrado que se pueden tener hijos sin estar casados. Otros dirán que es para que un hombre y una mujer se unan, pero pueden estar juntos sin haberse casado. Así que en estas pocas líneas, y desde mi inexperiencia, voy a tratar de explicar qué es. Pero partiré por lo que no es:
- No es un ídolo.
- No es el lugar de la realización personal.
- No es el genio de la lámpara.
No es precisamente el lugar donde encontraré satisfacción ni la realización de mis deseos. No es donde podré tener todo el sexo que quiera ni conversar todo lo que quiera. ¿Por qué? Porque el fin del matrimonio no es la exaltación personal ni la de la pareja. El fin principal del matrimonio, como el de la vida entera, es exaltar a Cristo: su amor por nosotros, su eterna bondad y su misericordia.
Mis fuerzas no alcanzan
Siempre pensé que si hacía ciertas cosas y dejaba de hacer otras, todo andaría bien. Incluso hice esfuerzos sobrehumanos para que mi matrimonio pareciera bueno. Pero creo que puse demasiada confianza en mi paciencia, en mis virtudes y en mis capacidades. El matrimonio no depende de eso, ni remotamente, aunque uno ingenuamente lo crea.
El matrimonio depende del Señor, y Él lo sabe. Pero te deja caminar y caminar, espera a que tu necio corazón tire la toalla y se le acabe la paciencia, para mostrarte que el matrimonio es más de lo que imaginamos.
Entonces, ¿qué es el matrimonio?
- Es un reflejo de la relación entre Cristo y su iglesia (Efesios 5:31-32).
- Es la unión en la que dos personas pasan a ser una sola carne (Génesis 2:24).
- Es el evangelio hecho visible: esposos y esposas estamos llamados a amarnos con el amor incondicional que Cristo tuvo por su iglesia.
- Es un lugar para someternos unos a otros en el temor de Dios (Efesios 5:21), como Cristo se sometió a la voluntad del Padre, aun en los momentos más duros.
Lo que Pablo ordena en Efesios 5 tiene un mandato específico para el esposo y otro para la esposa, porque conoce la dureza particular de nuestro corazón. Pero ambos debemos negarnos a nosotros mismos y ambos debemos amarnos hasta la muerte, como Cristo amó a su iglesia.
Preguntas incómodas
- ¿Le has dado gracias a Dios por el poco o nulo sexo que hay en tu matrimonio?
- ¿Le has dado gracias por la poca o nula comunicación?
- ¿Acaso Dios se equivocó al darte ese esposo o esa esposa?
- ¿Acaso Dios no sabía cómo sería la intimidad entre ustedes?
- ¿Acaso no sabía que él o ella no hablaría lo suficiente contigo?
- ¿Seremos como Adán, que culpó a Dios por la mujer que le dio (Génesis 3:12)?
- ¿Tendremos el descaro de decirle a Dios: «Esa fue la pareja que tú me diste»?
- ¿Crees que a Dios se le escapó algún detalle, o que simplemente se equivocó?
En ninguna manera. Dios no descuidó ningún detalle. Él sabe exactamente qué darles a sus hijos, porque es un Padre bueno, santo y sabio, que da buenas dádivas (Mateo 7:11).
Romanos nos dice claramente: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8:28). ¿Todas las cosas, o solo algunas?
Una lotería que siempre se gana
El matrimonio es una lotería en la que las probabilidades de ganar son 1 a 1: es imposible no ganar. ¿Y cuál es el premio?, te preguntarás.
Que en el matrimonio el Señor trabaja nuestro carácter cada día. Todos los días incomoda nuestro corazón pecaminoso. Necesitamos a diario los frutos de una vida apegada a Dios, el fruto del Espíritu; si no, el matrimonio se vuelve una carga difícil de llevar y una tarea titánica.
Es imposible negarse a uno mismo cada día, de por vida, con las fuerzas naturales. Quizás lo logremos un par de años, cinco o siete; pero hasta al más paciente se le acaba la paciencia. Solo en la presencia del Señor, donde se renuevan nuestras fuerzas (Isaías 40:31), recibimos lo que necesitamos para negarnos cada día y darnos a nuestro cónyuge.
Someterse y amar no es fácil. Muchas veces no es agradable, y muchas otras no trae una satisfacción inmediata. Pero es la voluntad del Señor para los que estamos casados.
Más bienaventurado es dar
Muchas veces nos frustramos porque en el matrimonio no conseguimos lo que queremos. Nos casamos para que atiendan nuestras necesidades. Pero recuerda: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hechos 20:35).
Cristo se dio por completo y no recibió nada a cambio. De nuestra parte solo recibió traición, engaño, burla, escupitajos, golpes y una horrenda muerte de cruz. ¿No queremos ser como nuestro Maestro? Entonces debemos amar a nuestro cónyuge incondicionalmente, como Cristo amó a su iglesia, sin condiciones y sin esperar nada a cambio.
El Señor, a su tiempo, dará los frutos de ese amor mutuo, de esa sumisión mutua, de esa entrega sin condiciones. Así que paciencia, que de paso es otro fruto del Espíritu.
El agua que sacia
Mientras no hagamos lo que el Señor nos ha mandado, tendremos matrimonios frustrados y desagradables, en los que nunca quedaremos saciados, porque estaremos bebiendo de nuestras propias cisternas rotas (Jeremías 2:13). Recordemos siempre a Jesús junto al pozo con la mujer samaritana: Él nos espera para darnos el agua que sacia eternamente, la que quita hasta la sed más profunda (Juan 4:13-14).
Por eso debemos ir a Jesús cada día, para que nos enseñe a amar como Él amó y nos fortalezca para la inmensa tarea de amar con abnegación, sin recibir nada a cambio.
El Señor nos ayude.
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