Nuestra lucha

Dedicado a los matrimonios que comienzan su propia batalla contra la pornografía.
La confesión
En noviembre de 2017 confesé mi pecado y mi adicción a la pornografía: primero ante un grupo de hermanos en el sínodo, después ante mi esposa y luego ante los pastores que cuidaban de mí.
El 2018 no fue un año fácil; todo lo contrario. Fue un año muy duro para nuestro matrimonio. En algún momento pensé que mi esposa tiraría la toalla y que pasaríamos por la dura experiencia del divorcio. Incluso, en alguna discusión, se mencionó esa posibilidad.
La mente de un adicto que empieza
Desde noviembre de 2017 hasta febrero de 2018 hice un curso en un ministerio cristiano. Era de dos meses y lo terminé en cuatro. El período de abstinencia fue duro; pasé por muchas crisis. No es fácil abandonar una adicción de 26 años.
Te cuento un poco para que entiendas cómo funciona la cabeza de un adicto. Cuando empecé el curso, lo único que pensaba y me repetía era que no podía hacerlo, que sabía que volvería a caer en las garras de la pornografía. Me preguntaba por qué había confesado; pensaba que no debí hacerlo, porque no podría escapar. Había luchado solo y nunca había podido dejar ese vicio. Lo intenté muchas veces, oré y le supliqué al Señor, pero nunca lo logré. Era una batalla que perdía todos los días, algo que me superaba, algo que hacía una y otra vez, hasta diez horas al día.
Empecé el proceso derrotado, convencido de que no podría escapar. Con temor, con vergüenza, con la sensación de que sería un intento más, y ahora con el agravante de haberme delatado ante todos.
Mi esposa
Con mi esposa fue terrible. Me sentía culpable. No había nada que pudiera decir para calmar su corazón, nada que pudiera hacer. A veces ella lloraba, y yo solo me quedaba inmóvil e impotente, porque nada que viniera de mí calmaría su dolor; al contrario.
La vi muchas veces tirar la toalla, rendirse. Pero el Señor obraba en su corazón —no sé cómo—, y ella volvía a la batalla, negándose a sí misma y apoyándome incondicionalmente.
Fue realmente difícil, sobre todo por no contar con apoyo, no tener a la familia cerca y atravesar este valle solos. Aun así, en medio de las circunstancias, pudimos entender que era el trato de Dios con nuestras vidas. Fue duro, pero damos gracias de que haya sido así. Si tuviéramos que elegir, elegiríamos lo mismo.
«Y aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» (1 Pedro 1:6-7).
Observado
Muchas veces me sentí observado, y en algunos momentos apartado. Fue un proceso que viví en todos los ámbitos: el trabajo, la casa, la iglesia.
Ese fue el contexto de mi primer año de lucha. Es lo que pasé yo y lo que pasan muchos hombres y mujeres que confiesan su pecado para glorificar a Dios.
A ti, que estás empezando
Si están empezando esta batalla como matrimonio, quiero decirles algo: el dolor de hoy no es el final de la historia. El mismo Dios que nos sostuvo a nosotros puede sostenerlos a ustedes. No lo hagan solos: busquen a su pastor, a hermanos maduros, a alguien que haya recorrido el camino.
Si necesitan acompañamiento, escríbannos con total confidencialidad. Y si eres tú quien lucha con la pornografía, comienza el curso Libres por su gracia: 30 días hacia la libertad en Cristo.